“No probarás bocado. Podrás beber del pozo, pero no tendrás nada más. Cuando el trabajo que te he encomendado esté hecho, encontrarás comida en el mismo lugar que antes. Vuelvo a marcharme de casa; y de nuevo te advierto que no salgas de la casa”.
—¡Ella lo llama casa! ¡Menos mal que se va a marchar de todos modos! —dijo la princesa, dándole la espalda por pura grosería, pues era de esas personas que, aunque antes le hubiera gustado algo, empezaba a aborrecerlo en el preciso instante en que alguien con autoridad sobre ella se lo mandaba.
Cuando volvió a mirar, la sabia había desaparecido.
Enseguida la princesa corrió hacia la puerta y trató de abrirla; pero abrirse, no se abría. Buscó por todas partes, pero no pudo descubrir ninguna forma de salir. Las ventanas no se abrían —al menos ella no pudo abrirlas— y la única salida parecía ser la chimenea, que no se atrevía a probar debido al fuego, el cual le pareció que tenía un aspecto furioso y lanzaba llamas verdes cuando se acercaba. Así que se sentó a reflexionar.
Bien podría preguntarse uno qué margen le quedaba para la reflexión —con todo su trabajo sin hacer a sus espaldas—. Se sentó así, sin embargo, a reflexionar, como ella lo llamaba, hasta que el hambre comenzó a aguijonearla; entonces se levantó de un salto y metió la mano, como de costumbre, en el agujero de la pared: no había nada allí. Cayó de inmediato en una de sus rabias estúpidas; pero ni su hambre ni el agujero en la pared hicieron caso de su furia. Luego, en un arrebato de autocompasión, rompió a llorar, pero ni el hambre ni el agujero se importaron por sus lágrimas.
La oscuridad comenzó a cernirse, y su hambre crecía y crecía, y el terror de los ruidos salvajes de la noche pasada la invadió. Entonces empezó a sentir frío y vio que el fuego se estaba apagando. Corrió hacia el montón de piñas y lo alimentó. Este reavivó alegremente