Codal
nydus/Short FictionPublic
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IX

suyas; pero ¿de dónde venía y a dónde iba? Pues no había ningún otro rebaño en muchas millas a la redonda, y jamás lograba acercarse lo bastante a ella como para ver si tenía marca o no. Tampoco Prince le servía en lo más mínimo para desentrañar el misterio; pues aunque, cada vez que le ordenaba que fuera por la oveja extraña, el perro salía corriendo hacia ella de inmediato, era solo para tumbarse a sus pies.

Al fin, sin embargo, la sabia mujer se había decidido, y a partir de entonces la extraña oveja no volvió a importunar al pastor.

A medida que Rosamond mejoraba, la pastora se volvió más bondadosa. Le dio toda la ropa de Agnes y comenzó a tratarla mucho más como a una hija.

De ahí que tuviera gran libertad una vez terminado el poco trabajo que se le exigía, y a menudo pasaba horas enteras con el pastor, observando a las ovejas y a los perros, y aprendiendo un poco al ver cómo Prince, y los demás también, manejaban a su rebaño: cómo jamás tocaban a las ovejas que hacían lo que se les mandaba y daban la vuelta cuando se les ordenaba, pero se abalanzaban sobre un rebaño desobediente y corrían por sus lomos, mordiendo, ladrando y medio ahogándose con bocados de su lana.

Luego también jugaba con los arroyos, y aprendía sus canciones, y les construía puentes por encima. Y a veces la asaltaba un deleite tal en el corazón que extendía los brazos hacia el viento, y se iba corriendo colina arriba hasta que le faltaba el aliento, momento en el que se dejaba caer en el brezo, y se quedaba allí tumbada hasta que este le volvía.

Un cambio notable se había operado para entonces también en su rostro. Su boca gruesa y sin forma había empezado a mostrar un vislumbre de líneas y curvas a su alrededor, y la grasa no había regresado con las rosas a sus mejillas, de modo que sus ojos parecían más grandes que antes; mientras que, lo que era aún más digno de mención, el puente de su nariz

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