y ella se sintió un poco consolada.
Entonces pensó para sus adentros que sin duda sería mejor ceder hasta cierto punto y hacer un poco de trabajo, antes que morir de hambre.
Así pues, tomando un plumero, empezó con la mesa. El polvo revoloteó por todas partes y casi la ahoga. Corrió al pozo para beber, y se sintió refrescada y animada.
Dándose cuenta ahora de que era un plan tedioso limpiar el polvo de la mesa y pasarlo al suelo, de donde habría que barrerlo todo de nuevo, cogió una fuente de madera, barrió el polvo en ella, la llevó al fuego y lo arrojó dentro.
Pero todo el tiempo se iba sintiendo cada vez más hambrienta y, aunque probó el agujero una y otra vez, solo sirvió para cerciorarse más y más de que tenía que trabajar si quería comer.
Al fin se limpió todo el polvo de los muebles, y ella se puso a barrer el suelo, el cual, pensó con alegría, debía rociar con agua, tal como había visto hacer desde la ventana en el patio de mármol del palacio.
Una vez barrido, corrió de nuevo hacia el agujero, ¡pero seguía sin haber comida!
Estaba al borde de otro ataque de furia, cuando se le ocurrió que tal vez había olvidado algo. Para su consternación, descubrió que la mesa, las sillas y todo lo demás volvían a estar cubiertas de polvo, aunque no tanto como antes, eso sí.
De nuevo se puso a trabajar, impulsada por el hambre y atraída por la esperanza de comer, y una vez más, tras una segunda y minuciosa limpieza, buscó el agujero.
¡Pero no! ¡No había nada para ella! ¿Qué podía significar aquello?