Los eruditos de la clase superior, al oír hablar del Tao, lo practican con diligencia. Los eruditos de la clase media, tras haber oído hablar de él, parecen ora conservarlo, ora perderlo. Los eruditos de la clase inferior, cuando han oído hablar de él, se rían a carcajadas. Si no fuera (así) objeto de risa, no sería digno de ser el Tao.
Por tanto, los hacedores de oraciones se han expresado de este modo:—
“El Tao, al verse más radiante, de luz parece carecer; quien progresa en él, parece retroceder; su senda llana es como un áspero sendero. Su virtud más alta brota del valle; su mayor belleza a los ojos ofende; y posee más quien menos bienes tiene. Su virtud más firme parece pobre y baja; su verdad sólida parece cambiar sin tregua; su cuadrado mayor no muestra esquina alguna. Un gran vaso es el que más tarda en hacerse; fuerte es su sonido, mas jamás palabra dijo; una gran apariencia, la sombra de una sombra.”
El Tao se oculta y no tiene nombre; pero es el Tao el que es hábil en impartir (a todas las cosas lo que necesitan) y en hacerlas completas.