El hábil viajero no deja rastros de sus ruedas o de sus pasos; el hábil orador no dice nada a lo que se le pueda encontrar defecto o culpa; el hábil calculador no usa cuentas; el hábil cerrajero no necesita cerrojos ni trancas, y abrir lo que él ha cerrado será imposible; el hábil atador no usa cuerdas ni nudos, y desatar lo que él ha atado será imposible.
Del mismo modo, el sabio es siempre hábil para salvar a los hombres, y por eso no desecha a ningún hombre; es siempre hábil para salvar las cosas, y por eso no desecha nada. A esto se le llama «Ocultar la luz de su proceder».
Por tanto, el hombre de habilidad es un maestro (al que hay que admirar) para aquel que no tiene la habilidad; y el que no tiene la habilidad es el ayudante de (la reputación de) aquel que tiene la habilidad.
Si el uno no honrara a su maestro, y el otro no se regocijara en su ayudante, un (observador), aunque inteligente, podría equivocarse en gran medida con respecto a ellos.
Esto se llama «El grado supremo de misterio».