Su repentina aparición en el campo de la no existencia, productor, transformador, embellecedor, supera mi comprensión. Para Lao parecía ser anterior a Dios. Me veo obligado a aceptar la existencia de Dios como el Hecho último, inclinándome ante él con reverencia, y sin intentar explicarlo, el único misterio, el misterio único del universo.
“La forma corporal era el cuerpo preservando en él al espíritu, y cada uno tenía su manifestación peculiar que llamamos su naturaleza”. Así se dice en el pasaje citado más arriba del duodécimo libro de Chuang-tzŭ, y el lenguaje muestra cómo el taoísmo, de un modo laxo e indefinido, consideraba que el hombre estaba compuesto de cuerpo y espíritu, asociados entre sí, aunque no necesariamente dependientes el uno del otro. Poco se encuentra en relación con este dogma en el Tao Te Ching. La frase final del cap. 33, “El que muere y sin embargo no perece, tiene longevidad”, es de dudosa aceptación. Más pertinente es la descripción de la vida como “un salir” y de la muerte como “un entrar”; pero Chuang-tzŭ expone más plenamente, aunque a fin de cuentas de manera insatisfactoria, la enseñanza de su sistema sobre el tema.
Al término de su tercer libro, escribiendo sobre la muerte de Laozi, dice:
«Cuando el maestro vino, fue en el momento oportuno; cuando se fue, fue la simple consecuencia (de su venida). La aquietada aquiescencia a lo que sucede en su momento oportuno, y el someterse tranquilamente (a su secuencia), no ofrecen motivo para el dolor ni para el gozo. Los antiguos describieron (la muerte) como el aflojamiento de la cuerda con la que Dios suspendió (la vida). Lo que podemos señalar son los manojos de leña que se han consumido; pero el fuego se transmite a otra parte, y no sabemos que haya terminado y concluido».
Sin embargo, es en relación con la muerte de su propia esposa, tal como se relata en el libro decimoctavo, donde sus puntos de vista aparecen con