viste con ricos bordados para que sea digno de entrar en el Gran Templo. Cuando llega el momento de hacerlo, preferiría ser un cerdillo, pero no puede llegar a serlo. Idos rápidamente y no me manchéis con vuestra presencia. Prefiero divertirme y disfrutar en medio de una zanja inmunda antes que estar sujeto a las reglas y restricciones en la corte de un soberano. He decidido no aceptar nunca un cargo, sino que prefiero el disfrute de mi propia voluntad»”.
Chʽien concluye su relato de Chuang-tzŭ con la historia anterior, condensada por él, probablemente, a partir de dos de las propias narraciones de Chuang, en el párr. 11 del lib. XVII, y el 13 del XXXII, en detrimento de ambas. El párrafo 14 del XXXII nos presenta una de las últimas escenas de la vida de Chuang-tzŭ, y podemos dudar de si debe considerarse salida de su propia pluma. No obstante, es interesante en sí misma y la introduzco aquí: «Cuando Chuang-tzŭ estaba a punto de morir, sus discípulos manifestaron su deseo de brindarle un gran entierro. “Tendré el cielo y la tierra —dijo— por ataúd y sarcófago; el sol y la luna por mis dos símbolos de jade circulares; las estrellas y constelaciones por mis perlas y joyas; ¿no estarán completas las provisiones para mi sepultura? ¿Qué queréis añadirles?” Los discípulos respondieron: “Tememos que los cuervos y los milanos se coman a nuestro maestro”. Chuang-tzŭ replicó: “Arriba, los cuervos y los milanos me comerán; abajo, los grillos topo y las hormigas me comerán; quitar a unos para dar a otros no haría más que mostrar vuestra parcialidad”».
Tales fueron las últimas palabras de Chuang-tzŭ. Su fin no fue tan imponente como el de Confucio; pero iba acorde con la magnilocuencia general y la firme afirmación de independencia que marcaron toda su trayectoria.