Aquel que sostiene en sus manos la Gran Imagen (del Tao invisible), hacia él acude el mundo entero. Los hombres recurren a él y no reciben daño, sino que (encuentran) descanso, paz y la sensación de bienestar.
La música y los manjares hacen que el huésped de paso se detenga (por un tiempo).
Pero aunque el Tao, tal como sale de la boca, parece insípido y no tiene sabor, aunque parece no merecer la pena ser mirado o escuchado, su uso es inagotable.