El Tao, considerado como inmutable, no tiene nombre.
Aunque en su simplicidad primordial pueda ser pequeño, el mundo entero no se atreve a tratarlo (como a alguien que lo encarna) como a un ministro. Si un príncipe feudal o el rey pudieran guardarlo y retenerlo, todo se sometería espontáneamente a él.
El Cielo y la Tierra (bajo su guía) se unen y envían el dulce rocío que, sin la dirección de los hombres, llega por igual a todas partes como por propia voluntad.
Tan pronto como procede a la acción, tiene un nombre. Una vez que tiene ese nombre, (los hombres) pueden saber cómo descansar en él. Cuando saben cómo descansar en él, pueden estar libres de todo riesgo de fracaso y error.
La relación del Tao con todo el mundo es como la de los grandes ríos y mares con los arroyos de los valles.