Los antiguos que demostraron su habilidad en la práctica del Tao no lo hicieron para iluminar al pueblo, sino más bien para mantenerlo simple e ignorante.
La dificultad para gobernar al pueblo proviene de que tiene muchos conocimientos. El que (intenta) gobernar un Estado con su sabiduría es una plaga para él; mientras que el que no lo hace es una bendición.
Quien conoce estas dos cosas encuentra en ellas también su modelo y su regla.
La capacidad de conocer este modelo y regla constituye lo que llamamos la misteriosa excelencia (de un gobernante).
Profunda y de largo alcance es tal misteriosa excelencia, que muestra en verdad a quien la posee como opuesto a los demás, pero los conduce a una gran conformidad con él.