halla en él lugar alguno en el que hincar su cuerno, ni el tigre un lugar donde fijar sus garras, ni el arma un lugar que admita su punta. ¿Y por qué razón? Porque no hay en él lugar de muerte». En el mismo sentido dice en su quincuagésimo quinto capítulo: «El que posee abundantemente en sí mismo los atributos [del Tao] es como un niño. Los insectos venenosos no lo picarán; las bestias feroces no lo apresarán; las aves de presa no lo golpearán».
Tales afirmaciones nos desconciertan por su oposición a nuestra observación y experiencia, pero lo mismo ocurre con la mayor parte de las enseñanzas del taoísmo. ¿Qué puede parecer más absurdo que la declaración de que «el Tao no hace nada, y por lo tanto no hay nada que no haga»? Y sin embargo, este es uno de los axiomas fundamentales del sistema. El capítulo treinta y siete, que lo enuncia, continúa diciendo: «Si los príncipes y los reyes fueran capaces de mantener (el Tao), todas las cosas se transformarían por sí mismas a través de ellos». Este principio, si podemos llamarlo así, se generaliza en el cuadragésimo, uno de los capítulos más breves, y en parte en rima:—
“El movimiento del Tao Por contrarios procede; Y la debilidad marca el curso De las poderosas obras del Tao
Todas las cosas bajo el cielo nacieron de él como existentes (y nombradas); esa existencia nació de él como no existente (y no nombrada).
Ho-shang Kung, o quienquiera que haya dado sus nombres a los capítulos del Tao Te Ching, titula este cuadragésimo capítulo «Presindir del uso (de medios)». Si el deseo de usar medios surge en la mente, la naturaleza del Tao como «la simplicidad sin nombre» ha sido viciada; y esta naturaleza se celebra en versos como los recién citados:—
“La sencillez sin un nombre está libre de todo fin externo. Sin deseo, en calma y quieta, todas las cosas van bien, según su voluntad.”