En la más alta antigüedad, (el pueblo) no sabía que había (gobernantes).
En la época siguiente los amaban y los alababan.
En la siguiente les temían; en la siguiente los despreciaban.
Así fue como, cuando la fe (en el Tao) escaseó (en los gobernantes), sobrevino una falta de fe en ellos (en el pueblo).
¡Cuán irresolutos parecían aquellos (primeros gobernantes), mostrando (con su reticencia) la importancia que concedían a sus palabras! Su obra estaba hecha y sus empresas tenían éxito, mientras todo el pueblo decía: «¡Somos como somos, por nosotros mismos!».