penitentes que habían logrado no solo conocer este conocimiento más profundo de todos, sino también vivirlo? ¿Dónde estaba el hombre instruido que tejía su sortilegio para sacar su familiaridad con el Atman del sueño al estado de vigilia, a la vida, a cada paso del camino, a la palabra y a la obra? Siddhartha conocía a muchos brahmanes venerables, principalmente a su padre, el puro, el erudito, el más venerable. Su padre era de admirar; silenciosos y nobles eran sus modales, pura su vida, sabias sus palabras, delicados y nobles pensamientos habitaban tras su frente—, pero aun él, que sabía tanto, ¿vivía en la bienaventuranza?, ¿tenía paz?, ¿no era acaso también tan solo un hombre que buscaba, un hombre sediento? ¿No tenía que beber una y otra vez de las fuentes sagradas, como un sediento, de las ofrendas, de los libros, de las disputas de los brahmanes? ¿Por qué él, el irreprochable, tenía que lavarse de los pecados todos los días, esforzarse por una purificación todos los días, una y otra vez cada día? ¿No estaba el Atman en él?, ¿no brotaba la fuente prístina de su corazón? ¡Había que encontrarla, la fuente prístina en el propio ser, había que poseerla! Todo lo demás era buscar, era un rodeo, era perderse.
Así eran los pensamientos de Siddhartha, esta era su sed, este era su sufrimiento.
A menudo se hablaba a sí mismo con las palabras de una Chandogya-Upanishad: «En verdad, el nombre del Brahman es satyam —en verdad, quien tal cosa sabe, entrará cada día en el mundo celestial». A menudo, parecía cercano el mundo celestial, pero jamás lo había alcanzado por completo, jamás había apagado la sed última. Y entre todos los sabios y los más sabios hombres que conocía y cuyas enseñanzas había recibido, entre todos ellos no había nadie que lo hubiera alcanzado por completo, el mundo celestial, que hubiera apagado por completo la sed eterna.
—Govinda —dijo Siddhartha a su amigo—, Govinda, querido, ven conmigo bajo la higuera de Bengala, practiquemos la meditación.