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nydus/SiddharthaPublic
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Gotama

Pero con atención miró la cabeza de Gotama, sus hombros, sus pies, su mano colgada con tranquilidad, y le pareció como si cada coyuntura de cada dedo de esta mano estuviera hecha de estas enseñanzas, hablara de ellas, respirara de ellas, exhalara la fragancia de la verdad, reluciera de la verdad. Este hombre, este Buda era veraz hasta en el gesto de su último dedo. Este hombre era santo. Nunca antes Siddhartha había venerado tanto a una persona, nunca antes había amado tanto a una persona como a esta.

Ambos siguieron a Buda hasta llegar al pueblo y luego regresaron en silencio, pues ellos mismos tenían la intención de ayunar en este día. Vieron a Gotama regresar —lo que comía no habría satisfecho ni el apetito de un pájaro— y lo vieron retirarse a la sombra de los árboles de mango.

Pero por la tarde, cuando el calor disminuía y todos en el campamento empezaban a atarearse y se reunían, lo oyeron enseñar a Buda. Oyeron su voz, y también esta era perfecta, era de una calma perfecta, estaba llena de paz.

Gotama enseñó las doctrinas del sufrimiento, del origen del sufrimiento, del camino para aliviar el sufrimiento. Con calma y claridad fluía su apacible discurso. El sufrimiento era la vida, lleno de sufrimiento estaba el mundo, pero se había encontrado la salvación del sufrimiento: la salvación la obtenía aquel que caminaba por el sendero de Buda.

Con voz suave mas firme habló el excelentísimo, enseñó las cuatro doctrinas principales, enseñó el óctuple sendero, pacientemente recorrió el camino habitual de las enseñanzas, de los ejemplos, de las repeticiones; luminosa y silenciosa, su voz flotaba sobre los oyentes, como una luz, como un cielo estrellado.

Cuando el Buda —la noche ya había caído— terminó su discurso, muchos peregrinos dieron un paso al frente y pidieron ser aceptados en la

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