dentro de ti y dentro de cada criatura. Y por eso empiezo a creer que este saber no tiene peor enemigo que el deseo de conocerlo, que
Ante esto, Govinda se detuvo en el camino, alzó las manos y habló:
“¡Si tan solo tú, Siddhartha, no molestaras a tu amigo con este tipo de charlas! En verdad, tus palabras despiertan miedo en mi corazón. Y tan solo piénsalo: ¿qué sería de la santidad de la oración, qué de la venerabilidad de la casta de los brahmanes, qué de la santidad de los samanas, si fuera como tú dices, si no hubiera doctrina? ¿Qué, oh Siddhartha, qué sería entonces de todo esto que es santo, que es precioso, que es venerable sobre la tierra?”
Y Govinda musitó un verso para sí, un verso de una Upanishad:
Aquel que, con espíritu purificado y meditabundo, se pierde en la meditación del Atman— Inexpresable con palabras es la bienaventuranza de su corazón.