rigor a pagar, porque quería seguir jugando, quería seguir dilapidando, seguir demostrando su desprecio por la riqueza. Siddhartha perdía la calma cuando ocurrían las pérdidas, perdía la paciencia cuando no le pagaban a tiempo, perdía su bondad hacia los mendigos, perdía su disposición para regalar y prestar dinero a quienes se lo suplicaban. Él, que se jugaba decenas de miles en una sola tirada de dados y se reía de ello, se volvió más estricto y mezquino en sus negocios, ¡soñando a veces por la noche con dinero! Y cada vez que despertaba de este feo maleficio, cada vez que veía su rostro en el espejo de la pared del dormitorio envejecido y afeado, cada vez que la vergüenza y el asco se apoderaban de él, seguía huyendo, huyendo hacia un nuevo juego, huyendo hacia un embotamiento de su mente provocado por el sexo, por el vino, y de ahí huía de regreso al impulso de acumular y obtener posesiones. En este ciclo sin sentido corría, cansándose, envegeciendo, enfermando.
Luego llegó el momento en que un sueño le advirtió. Había pasado las horas de la tarde con Kamala, en su hermoso jardín de recreo. Habían estado sentados bajo los árboles, hablando, y Kamala había pronunciado palabras reflexivas, palabras detrás de las cuales se ocultaban una tristeza y un cansancio. Le había pedido que le hablara de Gotama, y no se cansaba de oír hablar de él, de cuán claros eran sus ojos, cuán serena y hermosa su boca, cuán amable su sonrisa, cuán pacífico había sido su andar. Durante mucho tiempo tuvo que hablarle del exaltado Buda, y Kamala había suspirado y había dicho: