cortándole la cabeza con un solo golpe de espada; vio los cuerpos de hombres y mujeres, desnudos en posturas y espasmos de amor frenético; vio cadáveres tendidos, inmóviles, fríos, vacíos; vio cabezas de animales, de jabalíes, de cocodrilos, de elefantes, de toros, de aves; vio dioses, vio a Krisna, vio a Agni; vio todas estas figuras y rostros en mil relaciones unos con otros, ayudándose mutuamente, amándose, odiándose, destruyéndose, dándose mutuo renacimiento, cada uno era una voluntad de morir, una confesión apasionadamente dolorosa de la transitoriedad, y sin embargo ninguno de ellos moría, cada uno solo se transformaba, siempre renacía, recibía una y otra vez un rostro nuevo, sin que hubiera transcurrido tiempo alguno entre el uno y el otro rostro; y todas estas figuras y rostros reposaban, fluían, se engendraban, flotaban a la deriva y se fusionaban entre sí, y todos ellos estaban constantemente cubiertos por algo tenue, sin individualidad propia, pero que no obstante existía, como un vidrio delgado o hielo, como una piel transparente, un caparazón o molde o máscara de agua, y esta máscara sonreía, y esta máscara era el rostro sonriente de Siddhartha, que él, Govinda, en este mismo instante rozaba con sus labios.
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Govinda
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