Durante mucho tiempo, la herida siguió ardiendo. A muchos viajeros tuvo que cruzar Siddhartha por el río que iban acompañados por un hijo o una hija, y a ninguno vio sin envidiarlo, sin pensar:
«¡Cuántos, cuántos miles poseen esta buenaventura tan dulce!; ¿por qué yo no? Incluso la gente mala, incluso los ladrones y salteadores tienen hijos y los aman, y son amados por ellos, todos excepto yo».
Tan ingenuamente, tan sin razón pensaba ahora, tan semejante a la gente infantil se había vuelto.
De un modo distinto a antes, ahora miraba a las personas, menos inteligente, menos orgulloso, pero en cambio más cálido, más curioso, más implicado.
Cuando transportaba a viajeros de la clase corriente, gente infantil, hombres de negocios, guerreros, mujeres, estas personas no le parecían extrañas como antes: los comprendía, comprendía y compartía su vida, que no se guiaba por pensamientos e intuición, sino únicamente por impulsos y deseos, y se sentía como ellos.
Aunque estaba cerca de la perfección y llevaba su última herida, todavía le parecía como si aquellas personas aniñadas fueran sus hermanos; sus vanidades, sus deseos de posesión y sus aspectos ridículos ya no le resultaban ridículos, se volvieron comprensibles, se volvieron adorables, se volvieron incluso dignos de veneración para él. El amor ciego de una madre por su hijo, el estúpido y ciego orgullo de un padre vanidoso por su único hijo, el ciego y salvaje deseo de una mujer joven y vana por las joyas y las miradas de admiración de los hombres,