Durante mucho tiempo, Siddhartha había vivido la vida del mundo y de la lujuria, aunque sin formar parte de ella.
Sus sentidos, que había matado en sus años mozos como samana, habían vuelto a despertar; había saboreado las riquezas, había saboreado la lujuria, había saboreado el poder; sin embargo, en su corazón había seguido siendo durante mucho tiempo un samana; Kamala, que era inteligente, se había dado cuenta de esto muy bien.
Seguían siendo el arte de pensar, de esperar y de ayunar los que guiaban su vida; todavía la gente del mundo, la gente infantil, le había seguido siendo ajena, como él lo era para ellos.
Pasaron los años; rodeado de la buena vida, Siddhartha apenas los sintió desvanecerse. Se había vuelto rico, durante bastante tiempo poseyó una casa propia y sus propios sirvientes, y un jardín junto al río, a las afueras de la ciudad.
A la gente le agradaba, acudían a él siempre que necesitaban dinero o consejo, pero no había nadie cercano a él, excepto Kamala.
Ese alto y luminoso estado de vigilia que había experimentado una sola vez en la plenitud de su juventud, en aquellos días posteriores al sermón de Gotama, tras la separación de Govinda, aquella tensa expectación, aquel orgulloso estado de encontrarse a solas sin doctrinas y sin maestros, aquella flexible disposición a escuchar la voz divina en su propio corazón, se había convertido lentamente en un recuerdo, había sido fugaz; distante y silenciosa, murmuraba la fuente sagrada que antes solía estar cerca, que antes solía murmurar en su interior.
Sin embargo, muchas cosas que había aprendido de los samanas, que había aprendido de Gotama, que había aprendido de su padre el