todos estos impulsos, todas estas cosas infantiles, todos estos impulsos y deseos simples, necios, pero inmensamente fuertes, fuertemente vivientes, fuertemente predominantes ya no eran meras ocurrencias infantiles para Siddhartha, veía a las personas viviendo por causa de ellos, las veía logrando infinitas cosas por su causa, viajando, librando guerras, sufriendo infinitamente, soportando infinitamente, y podía amarlas por ello; veía la vida, aquello que está vivo, lo indestructible, el Brahman en cada una de sus pasiones, en cada uno de sus actos.
Dignas de amor y admiración eran estas personas en su ciega lealtad, su ciega fuerza y tenacidad. No les faltaba nada, no había nada que el hombre instruido, el pensador, tuviera para situarse por encima de ellas, salvo una pequeñez, una sola, diminuta y pequeña cosa: la conciencia, el pensamiento consciente de la unidad de toda vida.
Y Siddhartha dudaba incluso en muchas horas de si este conocimiento, este pensamiento debía valorarse tanto, de si acaso no sería también una ocurrencia infantil de la gente pensante, de la gente pensante e infantil.
En todos los demás aspectos, las personas mundanas estaban a la altura de los sabios, a menudo les superaban con creces, del mismo modo que también los animales pueden, a fin de cuentas, en algunos momentos, parecer superiores a los humanos en su tenaz e implacable cumplimiento de lo necesario.
Lentamente floreció, lentamente maduró en Siddhartha la comprensión, el saber, lo que la sabiduría era en realidad, cuál era el objetivo de su larga búsqueda. No era otra cosa que una disposición del alma, una capacidad, un arte secreto para pensar en cada momento, mientras vivía su vida, el pensamiento de la unidad, para ser capaz de sentir e inhalar la unidad.