desperdiciada hasta el final, hasta la amarga desesperación, para que el Siddhartha lujurioso, el Siddhartha avaro también pudieran morir. Había muerto, un nuevo Siddhartha había despertado del sueño. También envejecería, también tendría que morir al fin; mortal era Siddhartha, mortal era toda forma física. Pero hoy era joven, era un niño, el nuevo Siddhartha, y estaba lleno de alegría.
Pensaba estos pensamientos, escuchaba con una sonrisa a su estómago, escuchaba agradecido a una abeja zumbante.
Alegre, miró hacia el río caudaloso; jamás antes le había gustado tanto un agua como esta, jamás antes había percibido la voz y la parábola del agua en movimiento con tanta fuerza y belleza.
Le parecía como si el río tuviera algo especial que decirle, algo que aún no conocía y que todavía lo estaba aguardando.
En este río, Siddhartha había tenido la intención de ahogarse; en él se había ahogado hoy el viejo, cansado y desesperado Siddhartha. Pero el nuevo Siddhartha sintió un profundo amor por esta agua caudalosa y decidió, para sus adentros, no abandonarla muy pronto.