Siddhartha lo superaba a él, el mercader, en calma y ecuanimidad, y en el arte de escuchar y comprender profundamente a personas hasta entonces desconocidas. > «Este brahmán —le dijo a un amigo— no es un mercader apropiado y nunca lo será, jamás hay pasión en su alma cuando dirige nuestros negocios. Pero posee esa cualidad misteriosa de aquellas personas a quienes el éxito les llega por sí solo, ya sea por una buena estrella de nacimiento, magia o algo que haya aprendido entre los samanas. Siempre parece estar meramente jugando con nuestros asuntos comerciales, estos nunca se vuelven parte de él por completo, nunca lo dominan, nunca teme al fracaso, jamás se perturba por una
El amigo aconsejó al comerciante:
«Dale del negocio que lleva para ti un tercio de las ganancias, pero haz que responda también por la misma cantidad de las pérdidas, cuando las haya. Así, se mostrará más diligente».
Kamaswami siguió el consejo. Pero a Siddhartha esto le importaba poco. Cuando obtenía ganancias, las aceptaba con ecuanimidad; cuando sufría pérdidas, se reía y decía:
«¡Vaya, mira esto, así que esta salió mal!»
Parecía en verdad como si no le importara el negocio. En una ocasión, viajó a una aldea para comprar allí una gran cosecha de arroz. Pero cuando llegó, el arroz ya había sido vendido a otro mercader. No obstante, Siddhartha se quedó varios días en aquella aldea, invitó a los campesinos a beber, dio monedas de cobre a sus hijos, participó en la celebración de una boda y regresó sumamente satisfecho de su viaje.