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nydus/SiddharthaPublic
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El barquero

de otra cosa que de Gotama y de su inminente muerte. Y tal como la gente acude en masa desde todas partes y por todos lados cuando van a la guerra o a la coronación de un rey, y se agrupan en bandadas como hormigas, así acudían, como atraídos por un hechizo mágico, hacia donde el gran Buda aguardaba su muerte, donde iba a tener lugar el enorme acontecimiento y el gran consumado de una época iba a volverse uno con la gloria.

A menudo, pensaba Siddhartha en aquellos días en el sabio moribundo, el gran maestro, cuya voz había amonestado a las naciones y había despertado a cientos de miles, cuya voz él también había escuchado una vez, cuyo rostro santo también había visto una vez con respeto.

Con bondad pensaba en él, veía su camino hacia la perfección ante sus ojos, y recordaba con una sonrisa aquellas palabras que una vez, siendo joven, le había dicho a él, al excelentísimo. Habían sido, según le parecía, palabras orgullosas y precoces; con una sonrisa las recordaba.

Desde hacía mucho sabía que ya no había nada entre Gotama y él, aunque aún era incapaz de aceptar sus enseñanzas. No, no había enseñanza que una persona verdaderamente indagadora, alguien que verdaderamente quisiera encontrar, pudiera aceptar.

Pero aquel que había encontrado, él podía aprobar cualquier enseñanza, cada camino, cada meta; ya no había nada entre él y todos los otros mil que vivían en aquello que es eterno, que respiraban lo que es divino.

En uno de estos días, en los que tantos peregrinaban hacia el Buda moribundo, fue también Kamala a su encuentro, ella que solía ser la más hermosa de las cortesanas. Tiempo atrás se había retirado de su vida anterior, había regalado su jardín a los monjes de Gotama, se había acogido a las enseñanzas y figuraba entre los amigos y bienhechores de los peregrinos.

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