comprendiera esto, que lo entendiera! Él no lo entendía ni lo comprendía, solo sentía agitarse cierta idea de ello, un recuerdo lejano, voces divinas.
Siddhartha se levantó, los estragos del hambre en su cuerpo se volvieron insoportables. Aturdido, siguió caminando, por el sendero junto a la orilla, río arriba, escuchó la corriente, escuchó el retumbo del hambre en su cuerpo.
Al llegar al transbordador, la barca estaba a punto de partir, y el mismo barquero que una vez había transportado al joven Samana a través del río se encontraba de pie en la embarcación; Siddhartha lo reconoció, él también había envejecido muchísimo.
—¿Te gustaría cruzarme? —preguntó él.
El barquero, asombrado de ver a un hombre tan elegante paseando y a pie, lo subió a su barca y la desatracó de la orilla.