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nydus/SiddharthaPublic
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El barquero

Junto a este río quiero quedarme, pensó Siddhartha, es el mismo que crucé hace mucho tiempo en mi camino hacia las gentes infantiles, un amable barquero me guio entonces, es a él a quien quiero ir; partiendo de su choza, mi camino me había conducido en aquel tiempo a una nueva vida que ahora ha envejecido y está muerta; ¡mi senda actual, mi actual nueva vida, también debe comenzar allí!

Con ternura, miró hacia el agua caudalosa, hacia el verde transparente, hacia las líneas de cristal de su dibujo, tan rico en secretos. Vio perlas brillantes que ascendían desde lo profundo, tranquilas burbujas de aire flotando en la superficie reflectante, el azul del cielo retratado en ella.

Con mil ojos lo miraba el río, con ojos verdes, con ojos blancos, con ojos de cristal, con ojos azul celeste. ¡Cómo amaba esta agua, cómo lo deleitaba, cuán agradecido le estaba!

En su corazón oyó hablar la voz que estaba despertando de nuevo, y que le decía:

¡Ama esta agua! ¡Quédate cerca de ella! ¡Aprende de ella!

Oh, sí, él quería aprender de ella, quería escucharla. Aquel que comprendiera esta agua y sus secretos, así le parecía, comprendería también muchas otras cosas, muchos secretos, todos los secretos.

Pero de todos los secretos del río, hoy solo vio uno, este le tocó el alma. Vio: ¡esta agua corría y corría, incesantemente corría, y sin embargo siempre estaba allí, era siempre en todo momento la misma y, no obstante, nueva en cada momento! ¡Grande fuera aquel que

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