Así se alababa a sí mismo, hallaba gozo en sí mismo, escuchaba con curiosidad su estómago, que ruidoso le pedía alimento.
Ahora había saboreado y escupido por completo, sentía, en estos últimos tiempos y días, había devorado hasta el punto de la desesperación y la muerte un trozo de sufrimiento, un trozo de miseria. Así, estaba bien.
Mucho más tiempo podría haberse quedado con Kamaswami, haber ganado dinero, haber desperdiciado dinero, haberse llenado el estómago y haber dejado que su alma muriera de sed; mucho más tiempo habría podido vivir en este infierno blando y bien acolchado, si esto no hubiera sucedido: el momento de completa desesperanza y desaliento, aquel momento extremo en el que estuvo colgado sobre las aguas turbulentas y listo para destruirse.
El haber sentido esta desesperación, este profundo asqueo, y el no haber sucumbido a ella, el que el pájaro, la fuente y la voz alegre en su interior siguiera viva a fin de cuentas, por esto sentía gozo, por esto reía, por esto su rostro sonreía radiante bajo sus cabellos que se habían vuelto grises.
«Es bueno», pensó, «probar uno mismo de todo lo que es necesario conocer. Que la codicia por el mundo y las riquezas no pertenecen a las cosas buenas, ya lo aprendí de niño. Lo sé desde hace mucho tiempo, pero solo ahora lo he experimentado. Y ahora lo conozco, no solo lo sé en mi memoria, sino en mis ojos, en mi corazón, en mi estómago. ¡Qué bien me hace saber esto!».
Durante mucho tiempo meditó sobre su transformación, escuchó al pájaro que cantaba de alegría. ¿Acaso este pájaro no había muerto en él, no había sentido su muerte? No, otra cosa dentro de él había muerto, algo que ya desde hacía mucho tiempo ansiaba morir.