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nydus/SiddharthaPublic
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El hijo

Sin embargo, sentía al mismo tiempo que no carecía de valor, que era necesario, que provenía de la esencia de su propio ser. También este placer tenía que ser expiado, también este dolor tenía que ser soportado, también estas necedades tenían que ser cometidas.

A través de todo esto, el hijo le permitió cometer sus necedades, le permitió mendigar su afecto, le permitió humillarse todos los días cediendo a sus estados de ánimo.

Este padre no tenía nada que le hubiera deleitado y nada que hubiera temido.

Era un buen hombre, este padre, un hombre bueno, bondadoso, blando, tal vez un hombre muy devoto, tal vez un santo, ninguna de estas eran virtudes que pudieran ganarse al muchacho. Estaba aburrido de este padre, que lo mantenía prisionero aquí en su mísera choza, estaba aburrido de él, y que él respondiera a cada travesura con una sonrisa, a cada insulto con amabilidad, a cada crueldad con bondad, esto mismo era el truco odiado de este viejo tramposo.

Mucho más le habría gustado al muchacho que lo hubiera amenazado, que lo hubiera maltratado.

Llegó un día en que lo que el joven Siddhartha llevaba en la mente estalló y se volvió abiertamente contra su padre. Este le había encomendado una tarea, le había mandado a juntar leña menuda. Pero el muchacho no salió de la choza; con obstinada desobediencia e ira se quedó donde estaba, zapateó en el suelo con fuerza, apretó los puños y gritó con un arrebato poderoso su odio y su desprecio en la cara de su padre.

“¡Consigue tú mismo la leña!”, gritó echando espuma por la boca. “No soy tu criado. ¡Ya sé que no me vas a pegar, no te atreves; ya sé que constantemente quieres castigarme y humillarme con tu devoción

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