apareció su padre, solitario, lamentándose por su hijo; apareció él mismo, solitario, atado también con los lazos de la añoranza a su lejano hijo; apareció su hijo, solitario también, el muchacho, precipitándose ávidamente por el curso ardiente de sus jóvenes deseos, dirigiéndose cada uno hacia su meta, obsesionado cada uno por la meta, sufriendo cada uno. El río cantaba con voz de sufrimiento, anhelante cantaba, anhelante, fluía hacia su meta, plañidera cantaba su voz.
—¿Oyete? —preguntaba la muda mirada de Vasudeva. Siddhartha asintió.
—¡Escucha mejor! —susurró Vasudeva.
Siddhartha hizo un esfuerzo por escuchar mejor. La imagen de su padre, su propia imagen, la imagen de su hijo se fundieron, la imagen de Kamala también apareció y se disipó, y la imagen de Govinda, y otras imágenes, y se fundían unas con otras, se volvían todas el río, se dirigían todas, siendo el río, hacia la meta, anhelando, deseando, sufriendo, y la voz del río sonaba llena de añoranza, llena de dolor ardiente, llena de deseo insaciable. Hacia la meta se dirigía el río, Siddhartha lo veía apresurarse, el río, que constaba de él, de sus seres queridos y de todas las personas que jamás había visto, todas estas olas y aguas se apresuraban, sufriendo, hacia metas, muchas metas, la cascada, el lago, los rápidos, el mar, y todas las metas se alcanzaban, y a cada meta le seguía una nueva, y el agua se convertía en vapor y ascendía al cielo, se convertía en lluvia y caía del cielo, se convertía en manantial, en arroyo, en río, dirigiéndose de nuevo hacia adelante, fluyendo de nuevo.