aprendido bien mi arte, Siddhartha. Algún día, cuando sea más mayor, querría tener un hijo tuyo. Y, sin embargo, querido mío, sigues siendo un samana, y, sin embargo, no me amas, no amas a nadie. ¿No es así?
—Bien podría ser así —dijo Siddhartha con cansancio—. Yo soy como tú. Tú tampoco amas; ¿de qué otro modo podrías practicar el amor como un oficio? Quizás los hombres de nuestra clase no puedan amar. Las personas infantiles sí pueden; ese es su secreto.