¡Qué malévolos pueden llegar a ser los filósofos! No conozco nada más mordaz que la broma que Epicuró se tomó la libertad de gastar a Platón y a los platónicos; los llamó Dionysiokolakes. En su sentido original y a primera vista, la palabra significa «Adoradores de Dionisio» y, por consiguiente, cómplices de tiranos y lambiscones; aparte de esto, sin embargo, equivale a decir: «Son todos actores, no hay nada genuino en ellos» (pues dionysiokolax era un nombre popular para designar a un actor). Y este último es en verdad el reproche maligno que Epicuro lanzó contra Platón: le molestaban los modales grandilocuentes, el estilo de puesta en escena de los que Platón y sus discípulos eran maestros, ¡de los cuales Epicuro no era maestro! Él, el viejo maestro de escuela de Samos, que se sentaba oculto en su pequeño jardín en Atenas y escribía trescientos libros, tal vez por rabia y envidia ambiciosa de Platón, ¡quién sabe! Grecia tardó cien años en descubrir quién era realmente el dios del jardín, Epicuro. ¿Llegó a descubrirlo alguna vez?
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