El viejo problema teológico de la “Fe” y el “Conocimiento”, o dicho más claramente, del instinto y la razón—la cuestión de si, en lo que respecta a la valoración de las cosas, el instinto merece más autoridad que la racionalidad, la cual quiere apreciar y obrar según motivos, según un “Por qué”, es decir, en conformidad con el fin y la utilidad—es siempre el viejo problema moral que apareció por primera vez en la persona de Sócrates y había dividido las mentes de los hombres mucho antes del cristianismo.
El propio Sócrates, siguiendo, por supuesto, el gusto de su talento—el de un dialectico superlativo—se puso primero del lado de la razón; y, de hecho, ¿qué hizo durante toda su vida sino reírse de la torpe incapacidad de los nobles atenienses, que eran hombres de instinto, como todos los hombres nobles, y jamás pudieron dar respuestas satisfactorias acerca de los motivos de sus acciones?
Al final, sin embargo, aunque de manera silenciosa y secreta, se rió también de sí mismo: con su conciencia más sutil y su introspección, halló en sí mismo la misma dificultad e incapacidad. “Pero, ¿por qué”—se dijo a sí mismo—“habría uno por eso de separarse de los instintos! Es preciso corregirlos, y también la razón—hay que seguir los instintos, pero al mismo tiempo persuadir a la razón para que los apoye con buenos argumentos”.
Esta fue la falsedad real de aquel gran y misterioso ironista; llevó su conciencia hasta el punto de contentarse con una especie de autoengaño: de hecho, percibió la irracionalidad en el juicio moral.—Platón, más inocente en tales asuntos y sin la astucia del plebeyo, quiso probarse a sí mismo, a costa de todas sus fuerzas—la mayor fuerza que un filósofo jamás haya gastado—, que la razón y el instinto conducen espontáneamente a una sola meta, al bien, a “Dios”; y desde Platón, todos los teólogos y filósofos han seguido el mismo camino—lo cual significa que en cuestiones de moral el instinto (o como los llaman los cristianos, la “Fe”, o como lo llamo yo, “el rebaño”) ha triunfado hasta el presente.
A no ser que se deba hacer una excepción en el caso de Descartes, el padre del racionalismo (y consecuentemente el abuelo de la Revolución), quien reconoció únicamente la autoridad de la razón: pero la razón es solo una herramienta, y Descartes era superficial.