El europeo híbrido —un plebeyo medianamente feo, a fin de cuentas— necesita absolutamente un disfraz: precisa de la historia como un almacén de disfraces. Desde luego, advierte que ninguno de los trajes le queda bien del todo; cambia y vuelve a cambiar. Miremos el siglo XIX respecto a estas precipitadas preferencias y cambios en sus mascaradas de estilo, y también respecto a sus momentos de desesperación debido a que «nada nos queda bien». Es en vano que nos disfracemos de románticos, o clásicos, o cristianos, o florentinos, o barrocos, o «nacionales», in moribus et artibus: ¡eso no «nos viste»! Pero el «espíritu», especialmente el «espíritu histórico», saca provecho incluso de esta desesperación: una y otra vez se prueba, se pone, se quita, se empaca y, sobre todo, se estudia una nueva muestra del pasado o de lo extranjero; somos la primera época estudiosa in puncto de «disfraces», lo quiero decir en lo que concierne a la moral, los artículos de fe, los gustos artísticos y las religiones; estamos preparados como ninguna otra época lo ha estado jamás para un carnaval al gran estilo, para la fiesta más espiritual —la risa y la arrogancia, para la altura trascendental de la locura suprema y la burla aristofánica del mundo. Quizá estemos descubriendo el dominio de nuestra invención precisamente aquí, el dominio donde incluso nosotros aún podemos ser originales, probablemente como parodistas de la historia universal y como bufones de Dios —quizá, aunque ninguna otra cosa del presente tenga futuro, ¡nuestra propia risa pueda tener futuro!
Table of Contents
223
236