Todo pensador profundo teme más ser comprendido que ser mal comprendido. Lo segundo hiere tal vez su vanidad; pero lo primero hiere su corazón, su simpatía, que dice siempre:
«Ah, ¿por qué habríais de pasarlo tan mal como yo?»
Todo pensador profundo teme más ser comprendido que ser mal comprendido. Lo segundo hiere tal vez su vanidad; pero lo primero hiere su corazón, su simpatía, que dice siempre:
«Ah, ¿por qué habríais de pasarlo tan mal como yo?»