Hay hombres que son intelectuales irremediablemente, por mucho que se revuelvan y retuerzan y se tapen los ojos traidores con las manos —como si la mano no fuera una delatora—; al final siempre se descubre que ocultan algo, a saber: el intelecto. Uno de los medios más sutiles para engañar, al menos durante el mayor tiempo posible, y para aparentar con éxito ser más estúpido de lo que uno es en realidad —lo cual en la vida diaria es a menudo tan deseable como un paraguas— se llama entusiasmo, incluyendo lo que le es propio, por ejemplo, la virtud. Pues como dijo Galiani, que estaba obligado a saberlo: vertu est enthousiasme.
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