Abstenerse mutuamente de toda ofensa, de toda violencia, de toda explotación, y equiparar la propia voluntad a la de los demás: esto puede resultar, en un sentido tosco y cuando se dan las condiciones necesarias (a saber, la similitud real entre los individuos en cuanto a cantidad de fuerza y grado de valor, y su correlación dentro de una misma organización), en una conducta correcta entre los individuos.
Tan pronto, sin embargo, como se quisiera tomar este principio de un modo más general y, de ser posible, incluso como principio fundamental de la sociedad, se descubriría inmediatamente lo que en verdad es: a saber, una Voluntad de negación de la vida, un principio de disolución y decadencia.
Aquí hay que pensar con hondura hasta los cimientos y resistir toda debilidad sentimental: la vida misma es esencialmente apropiación, ofensa, conquista de lo extraño y lo débil, supresión, severidad, imposición de formas propias, incorporación y, al menos, diciéndolo del modo más suave, explotación; mas ¿por qué habría que emplear siempre precisamente estas palabras sobre las cuales se ha impreso desde hace siglos un propósito despectivo?
Aun la organización en cuyo seno, según se supuso antes, los individuos se tratan como iguales —lo cual ocurre en toda aristocracia sana—, debe ella misma, si ha de ser una organización viviente y no moribunda, hacer con respecto a otros cuerpos todo aquello de lo que los individuos que la integran se abstienen los unos con los otros: tendrá que ser la Voluntad de Poder encarnada; procurará crecer, ganar terreno, atraer hacia sí y adquirir preponderancia —no debido a moralidad o inmoralidad algunas, sino porque vive, y porque la vida es precisamente Voluntad de Poder.
Sobre ningún punto, sin embargo, muestra la conciencia ordinaria de los europeos mayor resistencia a ser corregida que en este asunto; la gente delira ahora por doquier, incluso bajo la apariencia de la ciencia, acerca de futuras condiciones de sociedad de las cuales el «carácter explotador» habrá de estar ausente; eso suena a mis oídos como si prometieran inventar un modo de vida que prescindiera de toda función orgánica.
La «explotación» no pertenece a una sociedad depravedada, imperfecta o primitiva: pertenece a la naturaleza del ser viviente como función orgánica primordial; es consecuencia de la Voluntad de Poder intrínseca, que es precisamente la Voluntad de Vida. —Aun admitiendo que como teoría esto sea una novedad, como realidad es el hecho fundamental de toda historia: ¡seamos al menos así de honestos con nosotros mismos!