La pasión por Dios: hay clases de ella groseras, de corazón honrado e importunas, como la de Lutero; a todo el protestantismo le falta la delicatezza meridional. Hay en ella una exaltación oriental del espíritu, como la de un esclavo favorecido o encumbrado inmerecidamente, como en el caso de San Agustín, por ejemplo, al que le falta de un modo ofensivo toda nobleza en el talante y en los deseos. Hay en ella una ternura y una sensualidad femeninas, que anhelan modesta e inconscientemente una unio mystica et physica, como en el caso de Madame de Guyon. En muchos casos se presenta, por curioso que parezca, como el disfraz de la pubertad de una muchacha o de un joven; aquí y allá incluso como la histeria de una solterona, y también como su última ambición. Frecuentemente la Iglesia ha canonizado a la mujer en un caso semejante.
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