Hay giros y golpes de fantasía, hay frases, pequeños puñados de palabras, en los que toda una cultura, toda una sociedad se cristaliza de repente. Entre ellas se encuentra el comentario casual de Madame de Lambert a su hijo: «Mon ami, ne vous permettez jamais que des folies, qui vous feront grand plaisir»—el comentario más maternal y sabio, por cierto, que jamás se le haya dirigido a un hijo.
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