Vivir en una vasta y orgullosa tranquilidad; siempre más allá…
Tener, o no tener, las propias emociones, los propios A favor y En contra, según la elección; rebajarse a ellas durante horas; montarlas como a caballos y a menudo como a asnos: pues hay que saber servirse de su estupidez tanto como de su fuego.
Conservar los trescientos primeros planos propios; asimismo las gafas oscuras: porque hay circunstancias en las que nadie debe mirar a nuestros ojos, y menos aún a nuestros «móviles».
Y escoger por compañía a ese vicio taimado y alegre que es la politización.
Y seguir siendo dueño de las propias cuatro virtudes: coraje, perspicacia, simpatía y soledad. Pues la soledad es para nosotros una virtud, en tanto que inclinación y tendencia sublime hacia la pureza, la cual presiente que en el contacto entre el hombre y el hombre —«en sociedad»— uno se vuelve inevitablemente impuro.
Toda sociedad vuelve a uno de algún modo, en algún lugar o en algún momento— «trivial».