1
¡Mediodía de la vida! ¡Oh, estación del encanto! ¡Mi parque estival! ¡Gozo sin zozobra de mirar, acechar, escuchar— Busco amigos, estoy listo día y noche— ¿Dónde tardáis, amigos míos? ¡Es la hora!
2
¿No es hoy para ti el gris del glaciar coronado de rosas?
El arroyo te busca, viento, nube, con anhelante hilo y se empujan aún más alto hacia el azul, para atisbarte desde la más remota vista del águila.
3
Mi mesa estaba servida para ti en las alturas— ¿Quién habita tan cerca de la estrella, tan cerca del macabro abismo abajo?— Mi reino—¿qué reino tiene más amplio linde? Mi miel—¿quién ha sorbido su fragancia?
4
Amigos, ¡estáis ahí! ¡Ay de mí —y sin embargo, no soy Yo a quien buscáis! ¡Miráis fijamente y os detenéis— mejor vuestra ira pudiera hablar! ¿No soy yo quien soy? ¿Mano, paso, rostro, cambiados? Y lo que soy, para vosotros, mis amigos, ¿ya no lo soy?
5
¿Soy un otro? ¿Me resulto extraño?
¿Acaso de Mí broto?
¿Un luchador, por sí mismo demasiadas veces atormentado?
¿Obstaculizando muy a menudo la potencia de mi propio ser,
Herido y entorpecido por mi propia victoria?
6
Buscé por donde sopla el viento con más fuerza. Allí aprendí a morar
Donde ningún hombre habita, en solitario páramo de hielo,
¿Y desaprendí al Hombre y a Dios y a maldición y a ruego? ¿Me convertí en un fantasma rondando los glaciares desnudos?
7
¡Oh, viejos amigos! ¡Mirad! ¡Os ponéis pálidos, repletos de amor y temor!
¡Idos! Mas no con ira. Jamás podríais vivir aquí.
Aquí, en el más lejano reino de hielo y risco, hay que ser un cazador, como el rebeco audaz.
8
¿Un malvado cazador fui? ¡Mirad cuán tenso estaba mi arco curvado! El más fuerte era aquel por quien tal dardo fue lanzado— ¡Ay ahora! Ese dardo de peligro está inmenso, Peligroso cual ninguno.—¡Hallad vuestro hogar seguro y denso!
9
¡Id! ¡Bastante sufriste, oh, corazón;— Fuerte fue tu esperanza; A nuevos amigos abre tus puertas de par en par, Deja a los viejos. ¡Haz que la memoria se marche! ¿Eras joven entonces, ahora—mejor joven eres!
10
Lo que un día nos unió, de una esperanza el lazo— (¿Quién descifra hoy las líneas, ya descoloridas, que el amor escribió allí?)— Es como un pergamino que da reparo tocar— como hojas crujientes, todas marchitas, todas secas.
11
¡Oh! ¡Amigos ya no más! ¿Qué nombre dar a esos?— Espejismo de amigos que a la ventana de mi corazón golpean de noche, mirándome, diciendo «Fuimos» y marchándose— ¡Oh, palabras marchitas, otrora fragantes como la rosa!
12
¡Anhelos de la juventud que tal vez no puedan comprender! Por los que anhelé, que creí cambiados conmigo, parientes de mi especie: pero envejecieron, y así fueron condenados y proscritos: ¡Nadie sino nuevos parientes es natural de mi tierra!
13
¡Mediodía de la vida! ¡Delicia de mi segunda juventud! ¡Parque de mi verano! ¡Alegría inquieta de anhelar, acechar, escuchar! ¡Busco amigos! —estoy listo día y noche, para mis nuevos amigos. ¡Venid! ¡Venid! ¡Llegó el momento!
14
Esta canción ha terminado; el dulce y triste llanto de ruda cantó su fin; un mago la obró, él, el amigo oportuno, el amigo del mediodía —no, no me preguntes quién—; al mediodía fue, cuando uno se volvió dos.
15
Guardamos nuestra Fiesta de las Fiestas, seguros de nuestro destino, Nuestros fines idénticos: ¡El Huésped de los Huéspedes, el amigo Zaratustra, llegó! El mundo ahora ríe, el macabro velo fue desgarrado, Y la Luz y la Oscuridad fueron una en esa mañana de bodas.