sus mojones como señales para que el hombre no se aventurare más allá. A la mano derecha dejé atrás a Sevilla, y a la otra ya había dejado a Ceuta. > > ‘¡Oh hermanos, que entre cien mil peligros,’ dije, ‘habéis llegado al Occidente, a esta tan pequeña vigilia que aún le queda a vuestros sentidos, no queráis negar el conocimiento, siguiendo al sol, del mundo sin gente. Considerad la semilla de la que nacisteis; no fuisteis hechos para vivir como brutos, sino en pos de la virtud y del saber.’ > > Tan ansiosos hice a mis compañeros, con esta breve arenga, para el viaje, que apenas los habría retenido entonces. Y habiendo vuelto nuestra popa hacia la aurora, hicimos alas de los remos para nuestro loco vuelo, ganando siempre hacia el lado de babor. > > Ya todas las estrellas del otro polo veía la noche, y la nuestra tan baja que no se alzaba del suelo del océano. Cinco veces reencendida y otras tantas apagada había sido la lumbre bajo la luna, desde que entramos en el alto paso, cuando se nos apareció un monte, oscuro por la distancia, y me pareció tan alto como no había visto ningún otro. Regocijados fuimos, y pronto tornó en llanto; pues de la nueva tierra un torbellino se levantó, y golpeó la proa de la nave. Tres veces la hizo girar con todas las aguas, a la cuarta hizo que la popa se alzara y la proa se hundiera, como plugo a Otro, hasta
Table of Contents
Canto XXVI
116