Ícaro sus flancos sintió despojados de plumas por la cera disuelta, gritando su padre: «¡Mal camino llevas!», que el que fue el mío, cuando me hube visto por todos lados en el aire, y vi extinguida la vista de todo excepto del monstruo.
Él prosigue su marcha, nadando lenta, lentamente; rueda y desciende, pero solo lo percibo por el viento en mi rostro y desde abajo.
Ya oía a la derecha el torbellino haciendo un estruendo horrible bajo nosotros; por lo que saqué la cabeza con los ojos hacia abajo.
Entonces tuve aún más miedo del abismo; porque vi fuegos y escuché lamentos, por lo que yo, temblando, me pego aún más.
Vi entonces, pues antes no lo había visto, el girar y el descenso, por los grandes horrores que se acercaban por diversos lados.
Como halcón que ha volado largo tiempo, que, sin ver ni el señuelo ni el ave, hace decir al falconero: «¡Ay, cómo bajas!»,
desciende cansado, desde donde veloz partió, tras cien círculos, y se posa lejos de su amo, mohíno y desdenoso;
así nos puso Gerión en el fondo, al pie de la escarpada roca, y, al verse libre de nuestras personas, se desvaneció como flecha de la cuerda.