el bien o dolor por el mal. Los cielos inician vuestros movimientos, no digo todos; pero aun dándolo por dicho, se os ha dado luz para el bien y para el mal, y libre albedrío; el cual, si sufre fatiga en los primeros combates con los cielos, después lo vence todo, si bien se nutre. A una fuerza mayor y a una mejor naturaleza, siendo libres, estáis sujetos; y eso crea en vosotros la mente que los cielos no gobiernan. Por tanto, si el mundo actual se desvía, en vosotros está la causa, buscadla en vosotros; y yo seré en ello tu fiel espía».
De la mano de Aquel que la acaricia antes que exista, como a una niñita que llora y ríe en su juego infantil, sale el alma sencilla, que nada sabe salvo que, procedente de un Creador alegre, con gozo se vuelve hacia lo que le complace.
Del bien trivial al principio gusta el sabor; se deja engañar por él y tras él corre, si guía o freno no desvían su amor.
De ahí que fuera necesario poner leyes como freno, que fuera menester tener un rey que al menos de la verdadera ciudad discerniera la torre. Las leyes existen, pero ¿quién les pone la mano encima? Nadie; porque el pastor que va delante rumia, mas no tiene partida la pezuña; por lo cual el pueblo, que ve a su guía atender solo al bien que codicia, se alimenta de eso y no busca más.
Claramente puedes percibir que la mala guía es la causa que ha hecho al mundo depravado, y no que vuestra naturaleza esté corrompida.
Roma, que el mundo reformó, solía tener dos soles que los dos caminos mostraban: el del mundo y el de Dios. El uno al otro ha extinguido, y el báculo se une a la espada, y mal conviene que a la fuerza una y otra vayan juntas, porque, unidas, ninguna teme a la otra; si no lo crees, piensa en la semilla, pues por la simiente se conoce la hierba. En la tierra que bañan el Po y el Adigio, el valor y la cortesía solían hallarse antes de que Federico tuviera su disputa; ahora puede pasar por allí con seguridad quienquiera