Con que el niño corre hacia su madre Cuando tiene miedo o está afligido, Para decirle a Virgilio: «¡No me queda Una sola gota de sangre que no tiemble; conozco las señales de la llama antigua!» Mas Virgilio nos había dejado desprovistos de sí, Virgilio, dulcísimo padre, Virgilio, a quien me confié para salvarme; Ni todo lo que perdió la antigua madre valió para que mis mejillas, purificadas del rocío, no volvieran a oscurecerse con el llanto. «Dante, porque Virgilio se haya marchado no llores todavía, no llores por ahora; que por otra espada habrás de llorar de nuevo». Como el almirante que en popa y proa ve a la gente que labora en otras naves y los anima a obrar bien, sobre el borde izquierdo del carro, cuando al sonido de mi propio nombre me volví —el cual por fuerza se registra aquí—, vi a la Dama que antes apareciera velada bajo la angélica fiesta, dirigir sus ojos hacia mí al otro lado del río. Aunque el velo que le descendía de la cabeza, circundado de las hojas de Minerva, no permitía verla claramente, con actitud aún de real majestad continuó, como quien habla y guarda la palabra más ardiente para el final: «Mírame bien; ¡en verdad soy Beatriz! ¿Cómo te dignaste subir al monte? ¿No sabías que el hombre aquí es feliz?» Mis ojos cayeron hacia la fuente clara, mas, viéndome en ella, aparté la vista hacia la hierba, tanta vergüenza abatía mi frente. Como la madre le parece altiva al hijo, así me pareció ella; pues sabe un tanto amarga la acritud de la piedad severa. Calló ella, y los ángeles cantaron de improviso: « In te, Domine, speravi »; mas no pasaron de pedes meos. Como la nieve entre las vigas vivas sobre las espaldas de Italia se congela, soplada y barrida por los vientos eslavos, y luego, derritiéndose, gotea por sí misma
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Canto XXX
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