«¡Oh, Rubicante, procura clavarle tus garras para que lo desuelles!», gritaban a coro aquellos malditos. Y yo: «Maestro mío, averigua, si puedes, quién es ese desdichado que ha caído en manos de sus adversarios».
Cerca de su costado mi Guía se arrimó, preguntándole de dónde era; y él respondió:
«En el reino de Navarra nací; mi madre me puso a servir a un señor, pues me había parido de un bellaco, destructor de sí mismo y de sus bienes. Después fui servidor del buen rey Teobaldo; me dediqué allí a practicar la baratería, por lo cual pago la cuenta en este calor».
Y Ciriatto, de cuya boca salía, a cada lado, un colmillo, como en el jabalí, le hizo sentir cómo uno de ellos podía desgarrar.
Entre maliciosos gatos había caído el ratón; pero Barbarroja lo sujetó entre sus brazos, y dijo: «Apartaos, mientras lo ensarto».
Y hacia mi Maestro volvió la cabeza; «Pregúntale otra vez», dijo, «si más deseas saber de él, antes de que alguien lo destruya».
El Guía: «Dime ahora de los otros culpables; ¿conoces a alguno que sea latino, bajo la pez?»
Y él: «Me aparté hace poco de uno que era vecino de ella; ¡ojalá aún estuviera cubierto con él, pues no temería ni garfio ni uña!».
Y Libicocco: «Hemos aguantado demasiado»; y con su garfio lo agarró del brazo, de modo que, al tirar, le arrancó un tendón.
También Draghignazzo quiso abalanzarse sobre él por las piernas; por lo que su Decurión se volvió a un lado y a otro con mirada malvada.