El discurso de Cacciaguida sobre los grandes florentinos.
¡Oh, nobleza de sangre tan menguada si haces que la gente se gloríe de ello allí abajo donde el afecto desfallece, cosa maravillosa nunca me parecerá; pues allí donde el apetito no se pervierte, ¡digo en el Cielo, de ti hice gala! Verdaderamente eres manto que pronto encoge, de modo que, si no se te remienda día a día, ¡el tiempo te rodea con sus tijeras! Con el Vos, que Roma toleró primero (en el cual su familia menos persevera), una vez más comenzaron mis palabras; por lo que Beatriz, que estaba un poco apartada, sonriendo, parecióse a aquella que tosió en el primer fallo escrito de Ginebra. Y comencé: «Vos sois mi antecesor, vos me dais toda audacia para hablar, vos me eleváis tanto que soy más que yo. Tantos arroyos llenan de alegría mi mente, que de sí misma hace un gozo porque puede soportarlo y no estallarme. Decidme entonces, mi amada raíz ancestral, ¿quiénes fueron vuestros abuelos y cuáles los años que en vuestra infancia se cronografiaron? Habladme del redil de San Juan, cuán grande era, y qué gente moraba en él, digna de los más altos escaños». Como al soplo de los vientos un carbón cobra llama, así vi a aquella luz hacerse refulgente a mis lisonjas. Y como a mis ojos se tornaba más hermosa, con voz más dulce y tierna, mas no en este dialecto moderno, me dijo: «Desde el decir del Ave hasta el parto en que mi madre, que hoy es santa, se aligeró de mí, que había sido su carga, a su León había retornado este fuego quinientas cincuenta veces y treinta más, para reinflamarse bajo su pata. Mis antecesores y yo tuvimos la cuna donde se halla por primera vez