«Mi escritura es explícita, y no es falaz la esperanza de estos, si con sano intelecto se contempla bien; pues la cumbre del juicio no se abate porque el fuego del amor cumpla al instante lo que debe satisfacer quien aquí se instala. Y allí, donde afirmé tal proposición, el defecto no se enmendaba con un ruego, porque el ruego de Dios estaba apartado. Ciertamente, en una duda tan profunda no decidas, a menos que te lo diga ella, que será la luz entre la verdad y el intelecto. No sé si me entiendes; hablo de Beatriz; a ella verás arriba, sonriente y feliz, en la cima de este monte».
Y yo: «Buen Guía, démonos más prisa, pues ya no me fatigo como antes; y mira cómo el monte ya hace sombra».
«Seguiremos marchando hoy», respondió él, «hasta donde nos sea posible; pero el asunto es distinto de lo que piensas. Antes de que llegues arriba, verás regresar al que ahora se oculta tras el monte, de modo que no interrumpes sus rayos. Mas mira allí una alma que apostada totalmente sola nos está mirando; ella nos señalará el camino más rápido».
Llegamos hasta él; ¡oh alma lombarda, cuán alta y desdeñosa tu postura, y la majestad y lentitud de tus ojos! No nos dirigió ninguna palabra, mas nos dejó seguir, mirándonos tan solo como un león cuando reposa; Virgilio se le acercó aún más, rogándole que nos indicara el mejor ascenso; y él no respondió a su demanda, sino que por nuestra patria y por nuestra vida nos preguntó; y el dulce Guía comenzó: «Mantua»,—y la sombra, en sí misma recogida,