Tal como aquel perro que ladrando pide, y en cuanto muerde su comida calla, pues solo en devorarla piensa y lucha, se volvieron los hocicos mugrientos de Cerbero el demonio, que de tal modo atruena a las almas que querrían ser sordas.
Pasábamos a través de las sombras, que abate la fuerte tormenta, y pusimos nuestros pies sobre su vacuidad que a persona se asemeja.
Yacían todos tendidos sobre la tierra, excepto uno, que se incorporó en cuanto nos vio pasar por delante de él.
«Oh tú, que eres conducido por este Infierno», me dijo, «recuérdame, si puedes; tú fuiste hecho antes de que yo fuera deshecho».
Y yo a él:
«La angustia que tienes tal vez te saca de mi memoria, de modo que no parece que te haya visto jamás. Mas dime quién eres, que en un lugar tan doliente eres puesto, y en semejante castigo, si alguno es mayor, ninguno es tan desagradable».
Y él a mí: «Tu ciudad, que está repleta de envidia hasta rebosar el costal, me retuvo en ella en la vida serena.
Vosotros, ciudadanos, me llamasteis Ciacco; por el pecado pernicioso de la gula, como ves, me abaten estas lluvias.
Y yo, alma triste, no soy el único, pues todos estos sufren igual pena por igual pecado»; y no habló más.
Le respondí: «Ciacco, tu miseria me pesa tanto que a llorar me invita; mas dime, si lo sabes, en qué van a parar los ciudadanos de la ciudad partida; si hay alguno justo; y dime la razón de que tanta discordia la haya asaltado».