desnivela la balanza de todo pecado, cuanto de luz le ha sido lícito a la naturaleza humana poseer fue todo infundido por el mismo poder que a ambos creó; y de ahí que te maravilles de lo que dije antes, cuando narré que no tuvo segundo el bien que está encerrado en la quinta luz. Abre ahora tus ojos a lo que te respondo, y verás tu credo y mi discurso encajarse en la verdad como el centro en un círculo. Lo que puede morir y lo que no muere no son más que el resplandor de la idea que por su amor nuestro Señor trae a la existencia; porque aquella Luz viva, que de su fuente fluye tan fulgente que no se desune de Él ni del Amor que en ellos se entrama, por su propia bondad reúne sus rayos en nueve subsistencias, como en un espejo, permaneciendo ella misma eternamente Una. De ahí desciende a las potencias últimas, de acto en acto descendiendo de tal modo que solo breves contingencias produce; y a estas contingencias tengo por cosas generadas, que el cielo produce con su propio movimiento, con semilla y sin ella. Ni su cera ni lo que la templa permanece inmutable, y por eso bajo el sello ideal resplandece más y menos; por lo cual sucede que el mismo árbol según su especie da peor y mejor fruto, y vosotros nacéis con caracteres diversos. Si la cera estuviera templada a la perfección, y el cielo estuviera en su suprema virtud, el brillo del sello aparecería por entero; pero la naturaleza siempre lo da deficiente, actuando de la misma manera que el artista que tiene el hábito del arte y la mano que tiembla. Si entonces el amor ferviente, la visión clara, de la Virtud prima disponen y sellan, allí se adquiere la perfección absoluta. Así fue creada antaño la tierra digna de toda y cada perfección animal; y así la Virgen fue hecha encinta; por lo que alabo tu opinión de que la naturaleza humana jamás ha sido, ni será, lo que fue en aquellas dos personas.
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Canto XIII
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