Desde nuestro puente, dijo: «¡Oh, Malebranche! He aquí uno de los ancianos de Santa Zita; sumergfrlo allá abajo, que yo vuelvo a aquella ciudad que de ellos bien provista está. Todos son allí barateros, a excepción de Bonturo; el no por dinero se vuelve allí en sí».
Lo arrojó abajo, y por el duro risco se volvió, y jamás mastín fue soltado con tanta prisa para perseguir a un ladrón. El otro se hundió, y volvió a subir de bruces; mas los demonios, bajo el cobijo del puente, gritaron: «¡Aquí no tiene cabida el Santo Volto! Aquí se nada de otro modo que en el Serchio; por tanto, si no quieres nuestros garfios, no te pongas por encima de la pez».
Lo prendieron entonces con más de cien garfios; dijeron: «Aquí conviene que dances cubierto, para que, si puedes, a escondidas robes». No de otro modo los cocineros hacen que sus pinches sumerjan en medio de la caldera la carne con ganchos, para que no flote.
Díjome el buen Maestro:
“Para que no se note que estás aquí, agáchate tras una saliente para que te sirva de pantalla; y por ningún ultraje que se me haga temas tú, porque estas cosas yo las sé, pues ya otra vez estuve en tal refriega.”
Luego pasó más allá de la cabeza del puente, y al llegar al sexto reborde, le fue necesario mostrar un rostro firme.
Con la misma furia y el mismo estrépito con que los perros se lanzan contra un mendigo que de repente pide limosna allí donde se detiene, salieron de debajo del puentecillo y volvieron contra él todos sus garfios; mas él gritó: «¡Que ninguno de vosotros sea malvado! Antes de que vuestros ganchos me echen mano, adelántese uno de vosotros para escucharme, y luego deliberad sobre si me prendéis».