A este cielo, donde termina el cono sombrío que arroja vuestro mundo, antes que toda otra alma la primera del triunfo de Cristo fue llevada. Muy conveniente fue dejarla en algún cielo, como palma de la alta victoria que él adquirió con una palma y la otra, porque ella favoreció el primer hecho glorioso de Josué sobre la Tierra Santa, que de la memoria del Papa poco se menea. Tu ciudad, que es un retoño de aquel que primero volvió la espalda a su Creador, y cuya ambición tanto se llora, engendra y esparce la maldicha flor que ha extraviado a las ovejas y a los corderos desde que ha vuelto lobo al pastor. Por esto el Evangelio y los grandes Doctores son abandonados, y solo las Decretales son tan estudiadas que se ve en sus márgenes. En esto están el Papa y los Cardenales atentos; sus meditaciones no llegan a Nazaret, allí donde desplegó sus alas Gabriel; mas el Vaticano y las otras partes electas de Roma, que han sido cementerio de la soldadesca que siguió a Pedro, pronto quedarán libres de este adulterio».
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Canto IX
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